Hay personas a las que nos causa un placer indescriptible encontrarnos con un lienzo en blanco, con un espacio vacío.
Una hoja en blanco representa potencial absoluto, a llenar de colores, ideas, conceptos, imágenes y objetos, es como sembrar un campo fértil en que la cosecha se materializa desde nuestra imaginación.
La primera vez que me vi forzado a enfrentarme al vacío interior, fue aterradora.
Aquel que alguna vez describí como un infinito espacio, sin dimensiones, ni colores, ni formas ni dirección, en que la abstracción de su propia naturaleza, confronta la propia imagen perceptual de nuestra existencia como la reconocemos, pues la única manera de afrontarla, es dejar atrás los conceptos aprendidos y liberarse de paradigmas que nos amarran a esta única representación de la realidad, la fractura del ego, si bien, probablemente necesaria, no es una experiencia afable.
Lo sé, puedo leer estas lineas en voz alta, sé como suena, pero tiene sentido una vez que lo has visto.
Sin embargo la aceptación siempre ha sido el camino más directo a las respuestas y fue justo el que me llevo a darme cuenta de que dentro de este vacío, al igual que con cualquier otro lienzo u hoja en blanco, el potencial de creación estaba allí y se manifestaba de la forma mas libre y natural, pues sin restricciones físicas, todo era posible.
El vacío que alguna vez se mostraba amenazante y ominoso, se convirtió en un espejo, en un haz de luz que podía representar todo aquello que mi mente fuera capaz de imaginar, transformándose de una prisión a un santuario.
El problema según creo, yace en la comodidad, uno de los grandes vicios del ser humano, pues siendo animales de costumbres y ateniéndonos al ya mencionado "estimulo = respuesta", es fácil encontrarse repitiendo comportamientos y llegando a confundir nuestros verdaderos deseos sobre la gratificación inmediata.
El dilema: habría construido un santuario o una cárcel de cristal?
Fué ahí donde la diversión realmente comenzó.

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